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Didívagando


Pesadilla antes de Navidad2013
23
Dic

Pesadilla antes de Navidad

Yo no digo que lo que no me pase a mí, no le pasa a nadie… ¡pero, desde luego, es que lo que no me pase a mí, no le pasa a nadie!

Por Didí Escobart


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Resulta que, como si no tuviera una suficientes tribulaciones —y ocupaciones— en la vida, el otro día (poco antes de Navidad), yendo por la calle, y yendo yo cargada como una auténtica burra (las compras pre-navideñas son así) del portal de Belén, va y me encuentro extraviadito perdido (una redundancia muy graciosa) un pájaro, tipo loro, de vivo color verde, casi fluorescente (¡como para no llamarme la atención! Era acid-house total), deambulando por entre coches aparcados, con claros signos de desorientación en sus actos, y deshidratación en sus pupilas (esto último es una licencia litero-veterinaria mía).

El pajarito estaba claro que, de alguna manera, se había escapado de su jaula (no quiero ni pensar que le hubiesen abandonado, porque me da la llorera). Estos pájaros dicen que son muy listos, y aprenden a abrir la puerta de la jaula. Aparte de que hay gente que, directamente, los tiene sueltos por casa, o en jaulas “de puertas abiertas”, tipo que ellos entran y salen a su antojo. Pero digo yo que las ventanas existen, que no siempre van a estar cerradas, y que los pájaros tienen alas y, por qué no, iniciativas y proyectos de futuro. O intenciones suicidas, quién sabe.

Nadie reparaba en él, y si reparaban se limitaban a comentar su presencia, pero seguían su camino, no lo auxiliaban (porque digo yo que requería auxilio). Continuamente pasaban furgonetas por esa estrecha calle, vía por la cual además se pueden ver perros sueltos, así como gatos, no digo yo que salvajes, pero sí silvestres. También, he de decirlo, transita por la zona mucho muerto de hambre. En fin, que sin pensarlo dos veces (porque si me pongo a intelectualizar mis acciones… vete tú a saber el resultado) decidí algo absolutamente antinatural en mí: cogerlo (en el sentido de “salvarlo”, de socorrerlo). También tengo que decir que, algo antinatural en mi, no pensé que pudiese tratarse de una cámara oculta. Y me avergüenza confesarlo. Una cámara es lo primero en lo que debe pensar una artista. Más aún una artista petarda.

El pajarito se dejó coger con relativa facilidad (yo no estaba dispuesta a interpretar en plena calle a una granjera detrás de una gallina. No daría bien ese perfil como actriz). Pero he de señalar que comenzó a picarme de tal forma que me dieron ganas de abofetearle. Si yo le estaba salvando, y reaccionaba así, eso no era otra cosa que un comportamiento histérico. Y en las películas eso se soluciona con un buen guantazo. Lo he visto cientos de veces. El líder siempre abofetea. El perfil de líder sí lo doy bien en cámara (el de granjera no). Bueno, yo es que tengo muy buen perfil, y aún mejor medio perfil, sobre todo el izquierdo.

Como no paraba de picarme, y ante la posibilidad de cometer un pajaricidio allí mismo, decidí quitarme el gorro de peluche que llevaba, y hacerle como un nido metiéndolo dentro. La cola le salía por fuera, porque la tenía muy larga. Volví a cargarme con todo lo que llevaba (incluso acababa de comprar un cristal para una estantería) y, en medio de la calle, me sentí ridícula y me puse a pensar en que a ver qué hacía.

Casualmente, a pocos metros de allí se encontraba la tienda de animales donde está el veterinario que atiende a mi mascota perruna, mi Tronkito. Salí corriendo hacia allí. Pensé que esos señores, amantes, defensores y curadores de los animales, sabrían qué hacer con el pájaro. Una vez allí (me tuvieron que abrir la puerta, de tan cargada que iba) me dijeron que el ave en cuestión era una cotorra de kramer, hembra, perfectamente sana, preciosa, y que no querían saber nada de ella ni de mí. Les supliqué que se la quedaran, por si aparecía el dueño preguntando. Pero me dijeron que si eso acontecía, ya me lo comunicarían llamando a mi casa. Les quise comprar una jaula para poder llevarla dignamente (y por si se estuviera cagando en el gorro), y me dijeron, que no vendían jaulas. Les pedí una cajita vacía, de algo (tiene expuestos mil productos), pero casi en plan “dependienta borde almodovariana” me dijeron que, casualmente, no tenían ninguna caja en ese momento. Lo que sí me ofrecieron fue venderme comida, una mixtura especial para cotorras, periquitos, loros y demás. Compré el saco y, cargada con todas mis cosas, más el saquito de alpiste, más el gorrito cogido con mucho cuidado, me fui de la tienda de animales. Grotesca.

De nuevo en la calle me sentí absurda. Nada de elegante como un mago con una paloma en el sombrero de copa. Yo (¡Qué vergüenza!)… ¡Iba en chándal! Con una pinta de homeless absoluta, ridículamente cargada por todas partes, y con “un pasajero dentro de mi… gorro”. Tenía que parar a cada poco, porque no podía con las cosas. Con la agenda tan apretada que tenía, y yo ahí aguantando el tirón.

Pensé en los chinos. Los chinos (en el sentido de “tienda de chinos”) lo solucionan todo, cutremente, pero lo solucionan. Me metí —como pude— en el primer chino que encontré, y les rogué una jaula. Me vendieron una de 10 €, infame, pero la única que tenían. Por lo menos podría recuperar mi gorro, y podría pensar con más tranquilidad. La preciosa cotorrita volvió a picarme al introducirla en la jaula, of course. A mí ya me daba un poco igual. Pero doler, dolía. Salí de la tienda que, más que Diossa, parecía yo la diosa Kali, con cuarenta brazos, portando bolsas, cristales, paquetes… y una jaula con una cotorra dentro. Surrealista.

Llegué a casa. Le puse agua y comida, y no tardó en comer y beber, nada intimidada. Mi mascota, mi perro, que parece ser un clon generado a partir del ADN de Scooby-doo, se pegó un susto tremendo al ver a la cotorra, y ya no quiso salir más de su cama. Cuando tímidamente se acercaba a la jaula, no por propia iniciativa, sino porque yo lo llamaba engañándole con comida, y exigiéndoselo con un vozarrón, en cuanto veía un movimiento en el ave, no digamos si escuchaba algún ruido, mi Tronkito salía corriendo de nuevo, metiéndose en su cama, sin ninguna disposición a volver a obedecer mis órdenes. Tronkito pesa casi 30 kilos.

Tengo que decir que, si bien me gustan más o menos todos los animales, lo que no soporto es la visión de las jaulas y las peceras. Me agobian. Y jamás de los jamases se me hubiera ocurrido hacerme con un pájaro, de ningún tipo. Cuando mi madre apareció por casa se sintió encantada por la idea de haberme hecho con la cotorrita, y yo no sabía cómo explicar que todo había sido un… ¿accidente? ¿incidente? Ese velocirraptor venido a menos no estaba ahí por iniciativa propia mía, ni muchísimo menos.

Puse un post a mis amigos de FB, para que se solidarizaran con mi sorpresiva e inaceptable situación. Pero los mensajes que recibí fueron chantajes emocionales, en plan que si había llegado a mi vida sería por y para algo, y demás. Incluso alguien dijo que ese pájaro era, sin lugar a dudas, un angelito que había venido para protegerme. Yo hubiera preferido un guardia de seguridad soltero, culturista, uno de esos guardaespaldas enormes y guapísimos. Y todo el mundo daba por hecho que debía quedarme la cotorrita, y disfrutarla… quisiera o no. También hubo varios mensajes echándome en cara que un animal de esas características estuviera metido en una jaula tan pequeña (¡Era la única que encontré, era provisional, y era la más grande que había!). Al día siguiente, a primera hora, salí corriendo a comprar una jaula-pajarera gigante, no me fuera a castigar Dios, que bastante tengo con lo que tengo. ¡Para colmo le pillé abriendo la portezuela de la jaula, a la muy pájara! Tuve que poner un candado (lo juro).

Estuve pateando el Rastro. No podía comprar cualquier jaula, pues mi casa tiene una decoración con un estilo muy acentuado, y un objeto fuera de tono me podía haber generado un trauma, y la crítica de la revista AD. Conseguí encontrar una jaula antigua, con aspecto decimonónico. Obviamente era de segunda mano. Pagué sin rechistar todo lo que me pidieron, que fue un dineral, pues ya no me quedaba energía para regatear, y solo venía a mi mente la imagen de la cotorrita en mi casa, metida en aquella jaula de los chinos, presumiblemente diminuta, casi amordazada como un Anibal Lecter apunto de entrar a juicio. Así que cogí esta, que era como de hierro y pesaba un quintal, y me fui —como pude— para casa (hice fotos de la jaula por la calle y las colgué en Facebook).

En el trayecto de el Rastro a mi casa, la jaula se… ¿cómo decirlo? Se desmontó sola por completa. No solo llegué empapada en sudor, sino que me encontré con un deforme lío de paneles desconectados e imposibles de ensamblar. Así que cogí como pude los restos de la catástrofe y me presenté de nuevo en el puesto, donde ya me habían advertido que “si pasaba algo”, me la cambiaban por otra nueva (pagando la diferencia, claro). Una vez que me hice con una jaula actual, nada vintage, pero al menos en plenas facultades, volví de nuevo con el testarro para casa. Me dio hasta una bajada de azúcar, de tanto ejercicio desacostumbrado y de tanto estrés. Creí que me iba a dar algo, tanto de allá para acá, tanta preocupación, tanta caminata.

Ni que decirse tiene que, cuando cambié a la cotorrita de jaula, volvió a picarme, aunque esta vez me puse unos guantes. Pero los guantes no hicieron gran cosa. Le puse su comida especial, y además le di de comer trozos de todo (plátano, galleta, patata, gajos de naranja, queso…). Todo lo cogía con el pico, se lo pasaba a una pata, y se lo comía como un obrero cuando hace un parón para ventilarse un bocadillo. Muy simpática. Una fresca, vamos.

Por cierto, como la cotorra era muy mona, un tanto gordita, y le gustaba “picarme”… le puse de nombre Malyzzia. Era absolutamente lógico.

En cuanto la cotorrita cogió confianza comenzó a… ¡graznar! Y ahí sí que se acabaron las tonterías. Que cantara (dependiendo del estilo musical) me hubiera parecido bien. Que hablara (dependiendo de los temas que tocara) me hubiera parecido aceptable. Pero que hiciera ese ruido… ¡no! Bastante estoy yo de los nervios como para que aparezca una loca en mi casa para rivalizar conmigo gritando.

Mi madre volvió e insinuó que Lola (al parecer ella había decidido que se llamaba así) “necesitaba” imperiosamente un novio, ¡un novio! Y eso sí que no, no y no. Si yo no tengo un novio… nadie que viva en mi casa disfrutará de pareja tampoco. Pues solo faltaba eso, rebozármelo por la cara.

Me puse a pensar. Yo parezco muy dura, pero luego soy una blanda de muchísimo cuidado. Sabía que al día siguiente iría a buscarle ese novio (más tarde me enteraría de que no se venden, puesto que esta es una “especie invasora”… ¡como los extraterrestres!), y eso podía significar que en cuatro días tuviese en casa una familia de cotorras y cotorritas dando alaridos a todas horas. Visualicé la imagen (yo visualizo todo fenomenal), y ahí si que me planté. Ahí sí que hubiera sido yo la que me hubiera escapado de mi “jaula de oro”, para suicidarme desde el balcón.

Avisé a mis amigos (todo vía redes sociales) y ofrecí este “dinosaurio evolucionado” a quien lo quisiera (luego yo consideraría si iba a ser un buen padrino para la cotorrita). Un amigo me llamó y me dijo que justamente estaba pensando en hacerse con algún tipo de loro (se trata de un amigo cuyas facultades mentales… vamos, que no tiene facultades mentales). Le hice mil preguntas, como si de pronto me hubiera convertido en una especie de asistente social o algo así. Le dije que sí. Me dijo que vendría a por ella al día siguiente. Al día siguiente me arrepentí y le dije que no, que me la quedaba. Y finalmente le llamé para que viniese a por ella antes de que la estrangulara. Estaba viviendo una auténtica “pesadilla antes de Navidad” y, como ya he comentado; bastante tengo con lo que tengo. ¿Que qué tengo? Pues, hija, que soy una diva en una edad muy mala y todo eso. Así que la conocida frase “tengamos la fiesta en paz” se me impuso en la cabeza, y me deshice de la cotorra, para intentar pasar la Navidad tranquila. Feliz no, pero tranquila al menos.

Ahora la cotorra (rebautizada por enésima vez como Ursulla) está encantada en su nueva casa, es adorada (y sobrealimentada, seguro) por esa familia de osos (de ahí lo de Ursulla, por osos y por fans de Disney), y todos contentos. Y yo, por fin, he despertado de esa pequeña pesadilla en la que me veía como una rubia de Hichcock: despeinada por un pájaro. Chimpún (o mejor dicho: ¡cruaaahhkk!).



Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.


Fotos

Acerca de Didí Escobart

Didí Escobart Didí Escobart comenzó su carrera profesional como artista multimedia en 1991, de la mano de Alaska. Colabora en diversos medios de comunicación y ha publicado varios libros. Forma parte del dúo escénico Diossa & Malyzzia, posee una sólida trayectoria como actriz y publica sus divagaciones en la Bitácora de la Perfecta Petarda.

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Me encanta como has contado esta experiencia que te ha pasado hace muy pocos días...

Un beso

Por madredeungay - 23/12/2013 14:00


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